viernes 3 de julio de 2009

Golpes en la memoria

El golpe de estado es una antigua práctica con tufo a campamento militar. Según la enciclopedia on line Wikipedia, la locución procede del francés coup d'État y significa «toma súbita y violenta del poder político por un grupo de poder, vulnerando así la legitimidad institucional establecida en un Estado, es decir, las normas legales de sucesión en el poder plenamente vigentes con anterioridad».
El concepto debutó en Francia en el siglo XVIII. Pretendía justificar a ultranza las acciones de fuerza empleadas por el rey –violatorias de todas las legislaciones morales vigentes- para deshacerse de sus enemigos, siempre con el pretexto de mantener «la seguridad del Estado o el bien común».
Aquella definición original tiene zonas comunes con lo que en política se llama hoy «autogolpe», es decir, cuando el gobernante de un país democrático se autoconcede atribuciones hasta entonces solo concernientes al Estado y sus poderes. Así ocurrió en Perú en 1992. El presidente Alberto Fujimori disolvió el Congreso de la República e inauguró un régimen autoritario que gobernó hasta el año 2000.
Antes, en 1930, apareció el libro Técnica del golpe de estado, de Curzio Malaparte, que le otorgó modernidad al concepto. Dice en sus páginas: «El golpe de Estado es un recurso de poder cuando se corre el peligro de perder el poder». Esta afirmación sirve para recordar que el golpe de Estado ha sido un recurso de las clases dominantes cuando se les agotan los recursos de dominio constitucional y democrático.
A los cubanos la expresión «golpe de Estado» suele traernos odiosos recuerdos. Fue con la bota y la bayoneta que Fulgencio Batista tomó por la fuerza las riendas del país en la madrugada del 10 de marzo de 1952. Durante casi siete años nos impuso una sangrienta dictadura que dejó un saldo de más de 20 mil compatriotas muertos.
Otro tirano digno de la antología del crimen, el tristemente célebre Augusto Pinochet, derrocó con similares métodos a Salvador Allende, presidente constitucional de Chile, el 11 de septiembre de 1973. Antes de caer en combate en el santiaguino Palacio de la Moneda, el estadista sudamericano ofreció tenaz resistencia a los traidores.
Los golpes de Estado proliferaron en el mundo en los años 60 de la pasada centuria. Desde 1960 hasta 1989 el promedio fue de 12 cuartelazos anuales, es decir, uno al mes. El diario digital español 20 Minutos asegura que hubo años, como 1963, en que cada dos semanas tenía lugar una asonada militar en algún lugar del planeta. «Entender quién había llegado al poder, cómo y por qué, ocupaba buena parte de los análisis y editoriales de la prensa», acota.
Según una monografía del historiador venezolano Virgilio R. Beltrán, en 1968 el 62 por ciento de los países de Latinoamérica, Medio Oriente, Asia Sudoccidental y África estaban gobernado por dictaduras militares. Y agrega después: «Si hacemos la cuenta del total de pronunciamientos militares documentados en 25 países, desde 1902 hasta la última jugarreta de golpista en Venezuela (2002), resultan 327 golpes de Estado, contando los que se estabilizaron como dictaduras por meses o años y aquellos que duraron pocos días, como fue el caso de los repetidos golpes de Estado en Bolivia».
Realmente, en la historia latinoamericana los cuartelazos parecieron poseer el don de la ubicuidad desde que en el siglo XIX comenzó a transitar por las sendas de la independencia. Suerte de espada de Damocles, muchos gobernantes constitucionales de la región la vieron pender -¡y abalanzarse!- sobre sus cabezas en diferentes períodos.
Hubo casos en que los militares no lograron controlar el poder. Como el ocurrido en la ciudad peruana de El Callao, en 1834, cuando el presidente, Luis José de Orbegoso, se refugio allí perseguido por los golpistas al mando de los oficiales Gamarra y Bermúdez. El pueblo se enfrentó a los complotados, los derrotó y devolvió el cargo a Orbegoso. Desde entonces El Callao ostenta el título de «La Fiel y Generosa Ciudad del Callao, asilo de las Leyes y de la Libertad».
Y casos como el ocurrido en Panamá en 1902, considerado por la literatura especializada como el primer golpe de Estado latinoamericano ocurrido en este siglo, cuando los miembros de la Compañía constructora del Canal Interoceánico se alzaron en armas, ocuparon el Palacio de gobierno y se separaron de Colombia.
El periodista argentino Modesto Emilio Guerrero dice en su artículo «Memoria del golpe de Estado en América Latina durante el siglo XX», que el total de pronunciamientos militares que han castigado a los países del subcontinente en toda su historia asciende a 327. A pesar de que muchos no pasaron de la anécdota, dan una idea de lo extendida que estuvo semejante práctica en los cuarteles.
Bolivia encabeza en Iberoamérica el listado histórico de las naciones con más golpes de Estado intentados o consumados en su territorio: 190, de los cuales 23 triunfaron. El país andino llegó a registrar en una época más tentativas golpistas que años de independencia. Colombia lidera el otro extremo, con solo cuatro asonadas en su currículo. Siete países del subcontinente pasaron entre 45 y 50 años del siglo XX gobernados por gente de uniforme: Venezuela, Paraguay, Guatemala, Nicaragua, Brasil, Argentina y Bolivia.
No asombra saber que el término gorila, que estigmatiza a los golpistas brutales, tenga linaje latinoamericano, pues el primero en darle uso con esa connotación fue un programa argentino llamado La Revista Dislocada, en 1955. Por entonces se proyectaba el filme Mogambo, con Clark Gable y Ava Gardner, que acontecía en la selva. El programa comenzó a parodiarlo y el público creyó oír en lo que decía un personaje (« ¡deben ser los gorilas, deben ser…!») una alusión a un complot contra el presidente Juan Domingo Perón. La Real Academia le da a gorila, entre otras acepciones, el significado de «militar que actúa con violación de los derechos humanos».
Los cuartelazos desaparecieron al sur del río Bravo en los años 80 y 90 de la pasada centuria, cuando hicieron mutis los últimos regímenes militares y volvió por sus fueros la democracia representativa. Solo una asonada triunfó desde entonces: la que encabezó en 1989 en Paraguay el general Andrés Rodríguez contra la cruenta dictadura de su anciano suegro, el también entorchado Alfredo Stroessner.
En la etapa hubo un intento de golpe de Estado fallido. Lo sufrió el presidente venezolano Hugo Chávez cuando en abril de 2002 la reacción lo apartó del cargo por dos días. El cuartelazo lo azuzaron la CIA y algunos medios de prensa para frustrar el proceso revolucionario iniciado allí por el carismático líder. Pero al final los militares leales y el pueblo lo repusieron en el Palacio de Miraflores.
Algunos expertos aseguran que en estos tiempos los golpes de Estado han sito reemplazados por los llamados golpes de calle, grandes manifestaciones populares que en su momento dieron el golpe de gracia a las presidencias de Abdalá Bucaram (Ecuador, 1997), Raúl Cubas (Paraguay, 1999), Jamil Mahuad (Ecuador, 2000), Fernando de la Rúa (Argentina, 2001), Gonzalo Sánchez de Lozada (Bolivia, 2003) y Lucio Gutiérrez (Ecuador, 2005). Pero, como para desmentir su certeza, ahí está el reciente cuartelazo en Honduras, el número 21 en la lista mundial de los intentados o consumados en este siglo.
En África los golpes de Estado se hicieron frecuentes a partir del proceso de descolonización de las naciones que integran el continente. El primero fue el que propinó en 1960 el coronel Mobutu Sese Seko, un militar semianalfabeto, a Patricio Lumumba, presidente legítimo del Congo Belga, actual Zaire. Lumumba fue asesinado con el apoyo de la CIA. El último se consumó en Madagascar el 17 de marzo de este año, cuando el presidente Marc Ravalomanana fue depuesto a punta de fusil. Las Islas Comoras tienen el récord africano de más golpes sufridos: más de 20 en sus 34 años de soberanía.
La vieja y estirada Europa no escapa de esta suerte de relatoría de la historia golpista internacional. España, por ejemplo, hubo de experimentarlos en su territorio cinco veces. La primera fue en 1923, con el cuartelazo de Primo de Rivera. Y la última la fracasada intentona de 1981, encabezada por el teniente coronel Tejero.
Tal vez algún lector se pregunte, entre curioso y perplejo: «¿Y por qué en Estados Unidos nunca se ha producido un golpe de Estado, a pesar de la pobreza en que vive parte de su población?» La respuesta, medio en broma y medio en serio, la dio la presidenta chilena Michele Bachelet, en una entrevista con un órgano de prensa: «¡Porque en Estados Unidos no existe una embajada de Estados Unidos!»
En efecto, ironía a un lado, en el 30 por ciento de los golpes de Estado ocurridos en este siglo en América Latina tuvieron participación las tropas norteamericanas. La cifra se aproxima al 70 por ciento si se habla solo del Caribe y Centroamérica. En todos los casos, omnipresente, tuvo incidencias «la embajada americana».

martes 30 de junio de 2009

Incendios manatienses memorables

Estoy convencido de que no existe una población en Cuba que no haya sufrido aunque sea una vez los estragos de un incendio en algunos de sus barrios residenciales ¡Vaya espectáculo espeluznante! Las llamas, cuando cobran fuerza, no se detienen ante nada, y en cuestión de minutos pueden devastar lo que encuentren a su paso. Sí, un incendio es un hecho de espanto Y muy difícil de olvidar.
Desde pequeño escuché contar a mis padres las circunstancias en que resultó carbonizado por la metralla el hotel de Manatí el 2 de diciembre de 1958. El inmueble -pequeño y humilde- estaba situado a la sazón en el área donde radica hoy la Tienda Grande, frente al parque municipal. Las bombas incendiarias lanzadas por los aviones de la Fuerza Aérea de la dictadura batistiana causaron el drama que echó abajo e incineró la emblemática construcción.
Nuestro hotel contaba con dos niveles y blasonaba de ser el edificio más empinado del pueblo. En su planta inferior funcionaba el área comercial y en la superior residían varias familias que, por suerte para ellas, habían sido evacuadas con antelación ante la inminencia del ataque aéreo. No solamente perdieron sus hogares, sino también todas sus pertenencias. He visto fotografías del criminal suceso capaces de ponerle a cualquiera la carne de gallina.
Otro siniestro que todavía se renemora en Manatí fue el del barrio Machete, en la calle Orlando Canals, allá por el año 1975. Se desató cuando una negligente de por allí se fue de compras y dejó encendido un viejo fogón de petróleo. El combustible se inflamó en su ausencia, propagó el fuego y en tiempo ultra rápido redujo a cenizas nueve casas que se encontraban en pésimo estado constructivo. Años después en la zona se erigió la sede municipal de BANDEC.
Los bomberos locales no pudieron hacer prácticamente nada ante la descomunal hoguera en que se convirtió la decrépita cuartería. Allí moraban personas muy pobres y humildes, entre ellas varios emigrantes haitianos y de las islas anglófonas del Caribe que se quedaron apenas con la vestimenta que traían encima. Yo residía cuatro viviendas más allá de la zona afectada. Conservo todavía grabadas en mi retina aquellas terribles imágenes.
Otra cuartería manatiense que desapareció también consumida por el poder arrollador del fuego fue la de la calle Alberto Olivares. Comenzaba después de la casa del doctor Jaime (Jimmy) Landell y terminaba junto a la calle lateral del taller del INRA. El drama ocurrió en 1998, cuando hizo explosión un cilindro repleto de gas licuado dentro de la casa de Pepito Galén. La candela resultante alcanzó tal intensidad que las 10 viviendas se convirtieron en escombros.
Fui testigo de aquel siniestro feroz que por casi una hora amenazó con extenderse a los inmuebles de las cuadras colindantes. Incluso, la casa de madera de Jimmy Landell, separada de la zona del fuego solo por una calle, llegó a chamuscarse por su flanco norte. Por fortuna, las llamas pudieron ser controladas y el inmueble se salvó.
Otros dos incendios marcaron mi existencia en Manatí. Uno fue el de la casa de la maestra Sterling, en 1982, frente a la vivienda donde moran hoy Emilito Núñez y su familia. Era un enorme y carcomido local de madera, que se consumió en media hora. Años después, se levantó en el mismo terreno la Biblioteca Municipal.
Y para arrojar un poco de agua bienhechora sobre mi achicharrada memoria, quiero recordar, por último, el incendio de la casa de Nelsa Bango en el popular Callejón de la Mula, ocurrido en 1976. Cientos de solidarios pobladores acudieron al sitio del siniestro para ayudar en lo que fuera posible a aquella manatiense tan querida y admirada. Nelsa falleció en La Habana hace algunos años atrás.
Se trata de historias chamuscadas por el fuego del tiempo que, por lo trágicas, algunos prefieren incinerar definitivamente en el recuerdo. Yo las traigo a mi página porque constituyen parte legítima de nuestro patrimonio sentimental. Y estamos obligados a salvarlas.

sábado 20 de junio de 2009

Para el Día de los Padres

-Tener hijos no convierte en padre, como tener un piano no vuelve a nadie pianista (M. Levine).

-Vive de modo tal que cuando tus hijos piensen en justicia y en integridad piensen en ti (J. Brown).

-Un padre cuya conducta personal sea paradigma vale por mil maestros (George Herbert).

-Nada hay nada más hermoso en el mundo que cuando un padre llega a convertirse en el mejor amigo de sus hijos (José Ingenieros).

-Con mucha frecuencia los seres humanos son en la vida lo que sus padres hacen de ellos (Ralph Waldo Emerson).

-El mejor regalo que un padre puede hacerles a sus hijos es un poco de su tiempo cada día (O. A. Battista).

-Un padre es un hombre que espera y confía en que sus hijos sean tan buenos como él hubiera querido ser (Joyce)

LO QUE PIENSA EL SER HUMANO ACERCA DE SU PADRE

A los 5 años de edad: Mi papá es el más grande, el más fuerte y el mejor de todos. Se las sabe todas siempre.
A los 10 años: ¡Qué inteligente e importante es mi papá! No hay ninguno que sepa más cosas que él.
A los 15 años: Verdaderamente, mi papá esta fuera de onda. Por eso es que no me comprende nunca.
A los 20 años: Mi papá está que ya no pone una buena, sus ideas son anticuadas y están fuera de foco.
A los 30 años: Viendo la vida en la distancia, no sé como mi papá no pudo hacer lo que yo hice y voy hacer.
A los 40 años: Voy a consultar a mi papá; he visto que mucho de lo que me ha dicho se ha cumplido.
A los 50 años: ¡Qué pena que murió el viejo! Cuántos buenos consejos me dio siempre y no aproveché casi nunca.
A los 60 años: ¡Qúe sabio era mi papá! ¡Cuántos problemas me hubiera evitado de haberle hecho caso antes!
A los 70 años: ¡Qué sabios éramos los dos! ¡Cuántos problemas nos hubiéramos evitado de habernos escuchado!

PARA LOS PADRES

Una noche, un niño le pregunta a su padre: “Papá, ¿cuánto ganas por hora?” El padre responde con otra pregunta: “¿Por qué quieres saberlo?” Y el niño: “No, por nada”. Acto seguido, el niño le pide cinco pesos. Y el padre: “¿Para qué los quieres?” Y el niño: “Para hacer un gasto importante”. El padre le entrega el billete. A la noche siguiente el niño vuelve a hacerle la misma pregunta y el mismo pedido, y el padre, enojado, le dice: “¿Piensas que me regalan el dinero? Considero una insolencia que me estés preguntando cuánto gano”. Lo manda a dormir. Pasados algunos minutos, el padre recapacita y, arrepentido, piensa que quizás fue un poco duro con su hijo. Se acerca a la cama del niño, lo acaricia y le dice: “Perdóname, a veces no estoy de humor; aquí tienes los cinco pesos." El niño lo mira tiernamente y luego le pregunta en voz baja: “¿No te molesta si vuelvo a preguntarte cuánto ganas por hora? El padre lo observa y le dice: “No me molesta, gano 10 pesos por hora”. Entonces el niño levanta la almohada, toma los cinco pesos del día anterior y le dice a su padre: “Toma, papi, ya tengo 10 pesos ¿Podrías estar una hora conmigo?”

miércoles 17 de junio de 2009

Ausencia justificada

Pues así como lo ven, amigos míos, ya estoy de vuelta en mi espacio de la red de redes. Yo, habitualmente puntual, atento y quisquilloso en lo concerniente a la actualización de esta página al menos una vez cada semana, tuve ahora que dejar transcurrir más de un mes sin incorporarle ni siquiera un golpe de tecla. Aun así -y a juzgar por los impactos registrados por mis contadores- mis visitantes continuaron tocando a la puerta de CUBA JUAN casi con la misma frecuencia y apenas si se dieron por enterados de este cibersilencio largo, involuntario y provechoso. Por cierto, en el ínterin se paseó por mi sitio su huésped número 40 mil. ¿Quién sería y de qué país? ¡Vaya usted a saber! Pero en fin, fue esta, como decimos los cubanos, una etapa de corre-corre, pues me vi precisado a consagrarme casi a tiempo completo a poner a punto mi tesis de Maestría en Ciencias de la Comunicación y a someterla luego a la minuciosa lupa de mi tutor y mi oponente. Después -¡enseguida!- tuve que prepararme para la presentación formal de la investigación, y, por último, comparecer ante un Tribunal Académico a exponerla. Por fortuna el acto de defensa salió a pedir de boca y ya el estrés, la ansiedad y la aprehensión se marcharon -al menos por el momento- por donde mismo vinieron. A pesar de su desestabilizadora incidencia en mi reciente cotidianidad, resultó esta una etapa interesantísima que dejó una huella imborrable en mi carrera profesional. No solo incorporé a mi acervo conocimientos novísimos, sino que, además, tuve la satisfacción de beneficiarme durante alrededor de año y medio con la excelencia pedagógica de magníficos profesores de la Universidad de La Habana y la Universidad de Oriente. En total fuimos nueve los periodistas tuneros que alcanzamos en esta oportunidad el grado científico de Máster en Ciencias de la Comunicación y que aparecemos en la foto situada en la parte superior. Los identifico de derecha a izquierda: Esther de la Cruz (Radio Victoria), Adalys Ray (presidenta de la Unión de Periodistas en la provincia), Anibys Labarta (Tunas Visión), Leonardo Mastrapa y Ramiro Segura (Periódico 26), Miunis Segura (Radio Cabaniguán, Jobabo), Rafael Labrada (Radio Victoria), Miguel Díaz Nápoles (Tiempo 21) y yo (Juventud Rebelde). Bueno, espero no ausentarme nunca más por tanto tiempo. Al menos por las mismas razones. Gracias.

domingo 10 de mayo de 2009

Una sola madre..., por suerte

Algunas de las piezas literarias más hermosas escritas en español han tenido como inspiración a las madres. No tiene nada de extraño, tratándose de personas que polarizan todo el amor depositado en el corazón de los seres humanos.
Recuerdo con especial admiración los textos salidos de la pluma del uruguayo Mario Benedetti y de la sensibilidad del argentino Jorge Luis Borges. Sin embargo, siempre me ha agradado por su sencillez esta joya de Isabel Allende. Dice en su prosa-poesía la gran escritora chilena:
«Por culpa del azar o de un desliz, cualquier mujer puede convertirse en madre. La naturaleza la ha dotado a mansalva del “instinto maternal” con la finalidad de preservar la especie. Si no fuera por eso, lo que ella haría al ver a esa criatura minúscula, arrugada y chillona, sería arrojarla a la basura. Pero gracias al "instinto maternal" la mira embobada, la encuentra preciosa y se dispone a cuidarla gratis hasta que cumpla por lo menos 21 años.
Ser madre es considerar que es mucho más noble sonar narices y lavar pañales que terminar los estudios, triunfar en una carrera o mantenerse delgada.
Es ejercer la vocación sin descanso, siempre con la cantaleta de que se laven los dientes, se acuesten temprano, saquen buenas notas, no fumen y tomen leche.
Es preocuparse de las vacunas, la limpieza de las orejas, los estudios, las palabrotas, los novios y las novias; sin ofenderse cuando la mandan a callar o le tiran la puerta en las narices, porque no están en nada…
Es quedarse desvelada esperando que vuelva la hija de la fiesta y, cuando llega, hacerse la dormida para no fastidiar.
Es temblar cuando el hijo aprende a manejar, anda en moto, se afeita, se enamora, presenta exámenes o le sacan las amígdalas.
Es llorar cuando ve a los niños contentos y apretar los dientes y sonreír cuando los ve sufriendo. Es servir de niñera, maestra, chofer, cocinera, lavandera, médico, policía, confesor y mecánico, sin cobrar sueldo alguno. Es entregar su amor y su tiempo sin esperar que se lo agradezcan.
Es decir, que "son cosas de la edad" cuando la mandan al carrizo.
Madre es alguien que nos quiere y nos cuida todos los días de su vida y que llora de emoción porque uno se acuerda de ella una vez al año: el Día de las Madres.
El peor defecto que tienen las madres es que se mueren antes de que uno alcance a retribuirles parte de lo que han hecho. Lo dejan a uno desvalido, culpable e irremisiblemente huérfano.
Por suerte hay una sola. Porque nadie aguantaría el dolor de perderla dos veces.»

jueves 7 de mayo de 2009

Frases para el Día de las Madres

El corazón de una madre es un abismo en cuyo fondo encontrarás siempre refugio y comprensión. (Honoré de Balzac)

Los hijos son las anclas que atan a la vida a las madres. (Sófocles)

El amor de una madre es la energía que hace al hombre conseguir lo imposible. (Marion Garretty)

Una madre es la persona que cuando ve que solo quedan cuatro trozos de carne para cinco comensales, es la primera en decir que nunca le ha gustado la carne. (G. Marx)

Un hombre quiere a su amor más que a nadie, a sus hijos mejor que a nadie, pero a su madre más tiempo que a nadie. (Guderien)

Dios no podía estar en todas partes a la vez, y por eso creó a las madres. (Shiavio)

Madre, eres la única persona inconcicional. Si te rechazo, me perdonas. Si me equivoco, me acoges. Si me desprecian, me abres una puerta. Si estoy feliz, lo celebras conmigo. Si estoy triste, no sonríes hasta alegrarme. (Bogart)

Una madre es capaz de dar todo sin recibir nada; de querer con todo su corazón sin esperar nada a cambio; de invertir en un proyecto sin medir su rentabilidad. (Churchill)

Una madre continúa teniendo confianza absoluta en sus hijos cuando todos los demás la han perdido. (Boni)

No cree el hombre en la muerte hasta que su madre se le va definitivamente de entre los brazos. (José Martí)

Jamás encontrarás ternura mejor, más profunda, más desinteresada ni más verdadera que la de una madre. (Honoré de Balzac)

Maravillas hay en el universo; pero la obra maestra de la creación es el corazón materno. (Bersot)

Una madre perdona siempre, no importan las razones: ha venido al mundo precisamente para eso. (A. Dumas)

Quien quiere a su madre no puede ser malo. (Musset)

El corazón materno es el único capital que nunca quiebra y con el cual se puede contar todo el tiempo. (Montegazza)

viernes 1 de mayo de 2009

Juan a la Mocha

No recuerdo cuándo fue que comenzó a deambular con su saco de yute y sus hedores por las calles del pueblo. Pero debe de haber sido tal vez allá por 1965 ó 1966. Tampoco puedo legitimar en qué año murió, aunque presumo que fue en los primeros de la década de los 80. Eso sí, con un poco de abstracción tengo ahora su figura desaliñada y mugrienta ante mis ojos. Me basta con retroceder en el tiempo para verlo tal y como entonces.
Se llamaba Juan Molina Hernández, era negro y llegó casi cuarentón a Manatí en 1957 procedente de su natal Vertientes, en la provincia de Camaguey. Según lo poco que he podido averiguar con sus familiares acerca de su tortuoso paso por la vida, fue un hombre de conducta normal y mente lúcida hasta que un desafortunado día, y sin que mediaran indicios previos, la cordura comenzó a abandonarlo. Entonces le ocurrió lo que siempre sucede en esos casos: se dio a vagar por las calles y a ser objeto de la burla pública.
Eran los tiempos de la famosa Zafra de los 10 Millones, aquella cruzada que en 1970 pretendió, sin conseguirlo, producir en los ingenios del país la cifra récord de 10 millones de toneladas de azúcar. La machacona propaganda televisiva y radial en torno a la campaña caló profundo en su subconsciente y finalmente lo sedujo. Juan comenzó a repetir aquí, allá y acullá algunas de las consignas, combinadas con repentinos y violentos accesos de furia. Un anónimo guasón del pueblo lo bautizó así: Juan a la Mocha.
No he logrado explicarme jamás por qué ciertas personas disfrutan mortificando a los dementes y a los deambulantes. En Manatí a Juan le hicieron la vida imposible hasta convertirlo en un loco sumamente peligroso, capaz de romperle la crisma a cualquiera de una pedrada. Muchas veces, al no poder descalabrar a quienes lo martirizaban, hacía añicos los cristales del cine o de la tienda grande.
Cuando entraba en crisis había que huir de sus alrededores, porque se convertía en una fiera agresiva. Comenzaba a proferir insultos e improperios de todo tipo. Solo la llegada de la Policía atenuaba su belicosidad. Entonces, sin oponer la más mínima resistencia, se dejaba conducir por los agentes del orden hasta la unidad. Allí le daban una reprimenda, un buen baño, un plato de comida y una muda de ropa limpia. Juan lo agradecía con un par de frases incoherentes. Después lo soltaban y... ¡de nuevo a las andadas, a vagabundear!
Juan a la Mocha fue uno de los personajes más populares de Manatí durante los años en que dejó ver su maltrecha figura por el pueblo, con su saco de yute a cuestas, sus fétidos efluvios y su atropellada palabrería. Llegué a creer que le gustaban las chanzas y las provocaciones de la gente. Porque, ¿de qué otra forma explicarme su permanente peregrinar por los sitios más concurridos?
Murió en su pocilga de cuartería donde siempre malvivió, atestada de inmundicias y de cucarachas, el ambiente natural que le dio abrigo por espacio de varias décadas. Un vecino de infortunio lo advirtió una tarde. En efecto, allí estaba su cadáver, tirado de bruces en el suelo y con los ojos desmesuradamente abiertos, como si en el minuto mismo del adiós definitivo hubiera pretendido llevarse en la retina la imagen postrera de lo que fue su mundo de alucinaciones.
Juan Molina Hernández, alias Juan a la Mocha, no dejó una fotografía para la posteridad y solo unos pocos parientes lo acompañaron en su último viaje hasta el cementerio municipal. Nadie de palabra fácil despidió su duelo con frases bonitas junto a la tierra recién abierta. Tampoco sus despojos fueron a descansar en un panteón con una lápida grabada en su memoria. No, nada de eso. Sus restos mortales yacen -ignorados para siempre- en algún desconocido y humilde recodo del camposanto manatiense. A mí, sin embargo, se me ocurre ahora rescatarlo del olvido y, al menos por un instante, conferirle significado a su relativa insignificancia. Él nunca lo hubiera creído.