martes 3 de noviembre de 2009

Réquiem por Sapi-Sapi

No existe pueblo que carezca de sus propios deambulantes. Se trata de esas personas con perturbaciones mentales que recorren las calles sin destino fijo, ajenas casi siempre a lo que sucede a su alrededor. Por la manera indiferente y silenciosa de comportarse en público, algunos de ellos pasan inadvertidos. Pero otros trascienden su demencia para convertirse en auténticos personajes pueblerinos.
Allá por la primera mitad de la década de los años 60 del siglo pasado radicó en Victoria de Las Tunas un deambulante cincuentón al que todos en la ciudad conocían por el sobrenombre de Sapi-Sapi. Según aseguran algunos, el mote fue en su momento una suerte de onomatopeya de su ininteligible manera de hablar en la que predominaba esa articulación de sonido: sapi, sapi... Ahhh, ¡y ni una sola palabra en español!
Nadie sabe cuándo, cómo ni en qué circunstancias llegó a la ciudad aquel individuo de carácter hosco, rasgos duros y corpulenta anatomía. Mucho menos se conoce cuál era su verdadero nombre o si tenía o no familia en la comarca. Lo cierto es que Sapi- Sapi recorrió las calles tuneras vestido con sus andrajos y viviendo de la caridad pública durante varios años. No pocos tuneros lo recuerdan en semejante situación.
Un día desapareció de la ciudad sin dejar rastro. Eso dio motivos para que la gente hiciera mil conjeturas diferentes. Se difundió una versión que alcanzó gran popularidad y llegó a nuestros días: asegura que Sapi-Sapi era, en realidad, un prófugo alemán sobre quien pesaban graves delitos cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era oficial del ejército nazi, y que había sido identificado por militares soviéticos destacados aquí en la Crisis de Octubre de 1962, llamada también Crisis de los Misiles por la historiografía occidental.
La citada versión agrega que los uniformados soviéticos le echaron el guante para solicitarle a Cuba su inmediata extradición y entregarlo luego a la justicia de su país para que lo juzgara por crímenes de guerra. A pesar de correr como reguero de pólvora, la historia de su supuesto arresto y posterior deportación nunca fue negada ni confirmada. Lo único tangible es que Sapi-Sapi se esfumó del pueblo por cuya geografía deambuló durante quién sabe cuánto tiempo.
¿Tenía en realidad Sapi-Sapi las facultades mentales perturbadas? ¿O solo se trataba de un consumado simulador evadido de la justicia de su país? ¿Lo entregaron finalmente sus captores a los tribunales militares o lo dejaron en libertad? ¿Pudieron haberse equivocado los oficiales soviéticos que aseguraron reconocerlo? ¿O acaso la curiosa historia no pasó de ser una pincelada más en nuestro imaginario tan inclinado a las fantasías? Son preguntas que numerosos tuneros se formulan todavía. Desafortunadamente, para ninguna existe respuesta.

sábado 31 de octubre de 2009

El cementerio de Las Tunas

La historia de los cementerios viaja asociada a la propia historia del hombre. Estos sitios imperturbables -«lo más penoso de la muerte es el silencio»-, escribió el escritor francés Romain Rolland─ llegaron hasta hoy no solo para filosofar en torno al último día, sino también para pasarle revista a la vida.
El término cementerio proviene del griego koimetérion, que significa dormitorio. Según la creencia de la religión cristiana, allí los cuerpos duermen hasta el día de la resurrección. Los católicos lo denominan también camposanto. Se dice que cuando las autoridades sanitarias ordenaron clausurar el cementerio de Pisa -construido dentro de la ciudad en el siglo XIII-, el terreno que ocupaba fue cubierto con tierra traída por las galeras pisanas de los lugares santos de Jerusalén.
Las Tunas cuenta en sus anales con interesantes referencias en materia de camposantos. La génesis de los servicios necrológicos aquí se remonta a siglos atrás, cuando era tradición universal entre los cristianos sepultur a los difuntos en los patios de las iglesias.
En Cuba esta práctica debutó en La Habana, al erigir los españoles la Parroquial Mayor, pionera de las iglesias capitalinas y primera donde se inhumaron personas fallecidas. Como por entonces no existían los libros parroquiales que registraban las defunciones desde 1519 -los piratas los habían incinerado-, se adoptó como enterramiento primigenio en el país el de María Magdalena Comadre, ocurrido el 24 de enero de 1613.
Nuestros aborígenes procedían diferente a la hora de otorgarles destino final a sus muertos. Un estudio del licenciado José A. López, del Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas, asegura al respecto:
«Antes del arribo de los europeos a Cuba, el problema social que significaba separar los muertos de los vivos se resolvía por los indios siboneyes mediante la disección de los cadáveres hasta dejarlos como momias. Para la conservación de los huesos utilizaban estatuas de madera hueca, que adquirían el nombre de las personas a las que pertenecían. Entre los taínos eran más comunes los enterramientos en lugares apartados, aunque también practicaban la cremación.»
España, por Real Cédula, puso fin a esta costumbre en el siglo XVIII. Cuba le siguió, pues, «el crecimiento de su población incrementó también las defunciones, con la consiguiente escasez de espacio para las inhumaciones. A ello se agregó la infestación. Era tan insoportable el hedor que despedían los cadáveres en descomposición que resultaba imposible permanecer mucho tiempo dentro de las iglesias. Tal situación, además de conspirar contra el culto religioso, llegó a constituir una amenaza para la salud pública. De ahí que, con el tiempo, los templos dejaran de ser sede de los enterramientos.»
Durante la etapa en que gobernó Don Salvador de Muro y Salazar, Marqués de Someruelos, se construyeron en el país los primeros camposantos fuera de los templos. El primero fue el Cementerio General de La Habana, conocido luego por Cementerio de Espada.
Aunque la comarca tunero tuvo ermita católica desde 1690, esta no alcanzó rango de iglesia hasta 1752. Años antes, el Obispo don Jerónimo Valdés autorizó erigirla al heredero del hato de Las Tunas, Diego Clemente del Rivero. Por entonces la población se encontraba muy dispersa, por lo que no hubo enterramientos allí hasta 1790.
Aquella parroquia fundacional estaba en el mismo sitio donde radica hoy la iglesia principal de la ciudad. Su patio incluía la zona actual del parque Vicente García y de la tienda Casa Azul. En esta área funcionó el primer cementerio que tuvo la ciudad. Anónimos y seculares, reposan allí desde entonces los restos mortales de quién sabe cuántos tuneros.
En 1847, el camposanto se mudó para la zona donde se encuentra hoy. En aquella etapa se llamaba Cementerio de Colón, como su homólogo habanero. No fue hasta el siglo XX que pasó a identificarse como Cementerio Municipal Mayor General Vicente García.
Cuando se construyó sus dimensiones eran de 45 varas de fondo por 44 de frente, con fachada de mampostería y tapias de tablas de jiquí. En la Guerra Grande los españoles lo utilizaron como área de defensa y fue escenario de feroces combates. En 1945 se creó el Patronato pro-reconstrucción, aumento y mejoramiento del cementerio, que, presidido por el Dr. Rafael Arenas, recaudó mil 177 pesos para las obras.
Su estado constructivo mejoró, pero causó que muchas tumbas de la parte delantera se perdieran. De los sepulcros que se conservan, el más antiguo es el de la francesa Victoria Martinell, fallecida en 1860. Era la madre de Iria Mayo, la compañera de Charles Peiso, el colaborador de los mambises que tomó parte en la Comuna de París.
El cementerio tiene un área de cuatro mil metros cuadrados y está dividido en 12 patios, con unas 500 tumbas cada uno. Su estilo es ecléctico. Casi todas las esculturas funerarias son obra del español Nicasio Menza, quien radicó por acá durante varios años, y la mayoría de los panteones abovedados, del marmolista cubano José Domínguez.
Algunas de las más relevantes figuras tuneras de los dos últimos siglos están sepultadas aquí. El mausoleo del Mayor General Vicente García clasifica como uno de los más visitados. Está hecho de mármol de Carrara y es la ofrenda de Las Tunas a su hijo más ilustre.

jueves 29 de octubre de 2009

El último interlocutor de Camilo

Este 28 de octubre se cumplieron 50 años de la desaparición física del comandante Camilo Cienfuegos. Aquel hecho con visos de tragedia sumió en el dolor al pueblo cubano. Y se vincula de alguna manera con Las Tunas, pues la última persona que habló desde tierra con el Héroe de Yaguajay fue un tunero: Eusebio González Rodríguez, quien desde los meses iniciales de 1959 trabajaba a sus órdenes como miembro de un grupo especial coordinado por el también desaparecido y gratamente recordado comandante Cristino Naranjo.
Todo comenzó días antes del drama, en la madrugada del 21 de octubre, cuando poco más de una veintena de personas, junto a Camilo y a Cristino, despegaron del aeropuerto de Ciudad Libertad rumbo a la ciudad de Camagüey. El grupo y su carismático líder volaban a la tierra de los tinajones para enfrentar y poner coto a los intentos de sedición del comandante Huber Matos, jefe militar de la provincia, cuya conducta divisionista había provocado profundo rechazo entre la población agramontina. Camilo tenía órdenes expresas de arrestarlo.
La situación se solventó sin disparar un tiro aquella misma mañana en el Regimiento Ignacio Agramonte. Camilo regresó por aire a La Habana el 25 de octubre. Al día siguiente pronunció desde la terraza norte del Palacio Presidencial su discurso donde los conocidos versos del poeta Bonifacio Byrne alcanzaron inusitadas dimensiones: «Si deshecha en menudos pedazos / se llega a ver mi bandera algún día / nuestros muertos alzando los brazos / la sabrán defender todavía». No sospechaba el guerrillero de la sonrisa y el sombrero alón que la encendida arenga iba a ser su testamento político.
La noche siguiente cenó en el restaurante Rancho Luna con Jorge Enrique Mendoza, entonces delegado provincial del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) en Camagüey. Le dijo: «Mañana vuelvo a tu zona para resolver de una vez y por todas la confusión que dejó allá la maniobra de Huber Matos. Me voy temprano y pienso estar de regreso al atardecer.» Así lo hizo, y a las cinco de la tarde en punto estaba listo para subir al Cessna para el retorno habanero.
Según dijeron a la prensa de la época varios testigos, durante su fugaz estancia en la terminal aérea camagüeyana Camilo se bebió una malta y compró varios tabacos. Un trabajador del aeropuerto declaró años después: «En la pista estaba estacionado un avión del tipo DC-3 y Camilo fue hasta allí a saludar a su tripulación. El capitán de la aeronave lo invitó para que hiciera el viaje con él, pero Camilo se negó. Fariñas, el piloto del Cessna, aseguró que el combustible que tenía en el tanque alcanzaba para llegar sin problemas a La Habana.»
El pequeño avión bimotor despegó a las seis y un minuto de la tarde. Sus únicos pasajeros eran el comandante Camilo Cienfuegos, el piloto Luciano Fariñas y el soldado rebelde Félix Rodríguez. Algunos detalles de aquella infausta jornada se los explicó años más tarde al periódico Juventud Rebelde el tunero Eusebio González, quien había llegado ese mismo día a Camagüey después de trasladar por tgierra a Isla de Pinos a un grupo de oficiales implicados en el caso de Hubert Matos.
«Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando Camilo me mandó a buscar a una oficina y me encargó llevar para La Habana a un sujeto que había estado alzado y cometido varios crímenes –declaró-. Me ordenó que lo dejara en la prisión de Torrens. Luego me entregó las llaves de dos carros. "Te espero mañana temprano en el Estado Mayor", me dijo en la despedida. Mi gente y yo arrancamos hora y media después.
«Al anochecer, una de los autos hizo un cortocircuito y tuvimos que detenernos Llamé por microonda a la torre de control de Camagüey, porque pensé que debía informar a Camilo que no llegaríamos a la capital a la hora prevista. Unos 40 minutos después, el avión suyo hizo contacto con nosotros, que íbamos ya por territorio villareño. Félix preguntó si habíamos resuelto el problema y le dije que sí. Entonces oigo a Fariñas, el piloto, que dice: "nos tenemos que desviar".
«Al oír eso exigí que me pusieran al habla con Camilo, quien parecía que estaba leyendo o algo así. Me dijo: "No, no hay problemas, Eusebio, no te preocupes. Dice el piloto que nos desviamos porque hay una tormenta..., que nos tenemos que desviar o no sé qué... Nos desviamos...» Y ahí se cortó la comunicación. Insistí una y otra vez, pero la torre de control de Camagüey no pudo restablecerla».
Durante el resto del viaje hasta La Habana, Eusebio intentó conocer si Camilo había llegado sin contratiempos. Pero sus interlocutores le decían que todavía no. Cuando cumplió la misión de llevar y entregar al detenido en la cárcel de Torrens, se fue hasta el Estado Mayor. Allí lo aguardaba una sorpresa: ¡todos los oficiales confiaban en que Camilo viajaba con él en los automóviles! Al comprobar que eso no era cierto, Eusebio fue testigo de sentidas expresiones de dolor.
Lo que vino después, por lo trágico, resulta conocido. Como diría la edición de Juventud Rebelde, «cada pedazo de agua y tierra entre La Habana y Camagüey fue minuciosamente inspeccionado. En el rastreo participaron aviones y avionetas, helicópteros, lanchas y miles de personas que exploraron en el mar, los cayos, los pantanos y las zonas cenagosas de la costa. Pero en vano: la certidumbre de la pérdida crecía inexorablemente». Y así fue reconocida luego.
A pesar del tiempo transcurrido, Eusebio González Rodríguez –ahora con 77 años de edad- recuerda a su malogrado jefe con el mismo aprecio y respeto de los años en que fue su subordinado. Piensa que la fortuna estuvo de parte suya aquel 28 de octubre de 1959, cuando quiso que fuera él la última persona en tierra en hablar con Camilo.
«Yo cierro los ojos y me parece verlo con su uniforme verdeolivo, jaraneando con la gente o dando órdenes precisas –asegura-. Sabía comunicarse lo mismo con un campesino analfabeto que con un graduado universitario. Tenía ese don. Nunca olvidaré la vez en que me echó en el bolsillo unas novelitas vaqueras de aquellas que se publicaban antes. “Eso es para que leas”, me dijo. Y se batió de la risa».
Eusebio evoca que hace algunos años atrás, durante una entrevista periodística, el reportero le preguntó: «¿A quién le gustaría que se parecieran sus hijos?» Y le respondió, resuelto: «Quisiera que fueran como Camilo». Porque para este hombre lleno de condecoraciones y de reminiscencias, el Señor de la Vanguardia será siempre paradigma y referente para quienes aspiren a ser revolucionarios cabales.
«Camilo fue un cubano de pura cepa –acota-. De esos que inventan una broma en el aire, juegan pelota en cualquier solar o ayudan a los necesitados con sus propios recursos. Pero también de los que saben vestirse de héroes y apretar filas cuando la Patria los convoca».
La desaparición del Señor de la Vanguardia devino extraordinaria pérdida. ¡Ni siquiera sus restos mortales se encontraron! Pero, como acotó en sentidas imágenes el citado diario, «el pueblo encontró la manera de darle un homenaje en esas mismas aguas donde duerme, y millares de flores van a parar al mar cada año en busca de Camilo. Y le llegan, no importa donde esté».

jueves 22 de octubre de 2009

Van 50 mil visitantes

El pasado 20 de octubre CUBA JUAN arribó a la cifra de 50 mil visitantes. ¡Cuánto ha llovido desde aquel 9 de diciembre de 2005 en que la página se asomó con la timidez del principiante al enigma de Internet! El post del debut fue una entrevista periodística que le realicé al tunero Héctor Despaigne, el latinoamericano que sobrevivió más tiempo -¡20 años!- con un corazón ajeno. Falleció ocho meses después del diálogo.
Esta breve reseña quiere agradecerles a todos los que estuvieron por aquí en algún momento la gentileza de haberle dedicado un instante o una hora de su tiempo a mi blog. Muchos -la mayoría, seguramente- solo fueron aves de paso que se posaron y remontaron enseguida vuelo. Otros franquearon la puerta de entrada y husmearon en cada recoveco. Apuesto a que hubo también quienes hicieron escala por azar, curiosidad o simple despiste. A esos también les extiendo mi gratitud.
Dentro de ese conglomerado de 50 mil visitantes conocí virtualmente a personas de los más variados rasgos sicológicos. Desde el emigrante nostálgico que sueña con retornar un día a la Patria que lo vio nacer, hasta el resentido que destila bilis con solo escuchar el nombre de Cuba; desde el fiel amigo que mantiene incólumes sus sentimientos por encima de las ideologías, hasta el que alguna vez lo fue y ahora lo reniega solo porque cree haber llegado a la Tierra Prometida.
Algunos dejaron plasmadas sus opiniones -a favor o en contra de mi proyecto comunicativo- en comentarios a pie de post o en las páginas de mi Libro de Visitas. Es una pena que varios prefirieran no identificarse. Nunca sabré a quién perteneció la mano que escribió el elogio o el insulto. Los anónimos son así, hijos de padres desconocidos. Creo que quien recurre a esa práctica tiene siempre algo que ocultar.
Lo que más me satisface de esta etapa -y de esta cifra- es el aliento recibido de muchísimas personas radicadas en las más insospechadas partes del mundo. Los manatienses, en particular, acogieron a CUBA JUAN con inmenso entusiasmo. Para no pocos de los oriundos de mi pueblo la página devino sitio para el diálogo y opción para el reencuentro. También conducto para mantenerse al día de las buenas y las malas noticias generadas por una localidad perdida en el mapa de Cuba, pero a la que no pueden -ni quieren- apartar de sus corazones.
En fin, CUBA JUAN continúa su camino. Proseguiremos interactuando desde sus páginas. Un abrazo fraternal desde la Patria.