No existe pueblo que carezca de sus propios deambulantes. Se trata de esas personas con perturbaciones mentales que recorren las calles sin destino fijo, ajenas casi siempre a lo que sucede a su alrededor. Por la manera indiferente y silenciosa de comportarse en público, algunos de ellos pasan inadvertidos. Pero otros trascienden su demencia para convertirse en auténticos personajes pueblerinos.
Allá por la primera mitad de la década de los años 60 del siglo pasado radicó en Victoria de Las Tunas un deambulante cincuentón al que todos en la ciudad conocían por el sobrenombre de Sapi-Sapi. Según aseguran algunos, el mote fue en su momento una suerte de onomatopeya de su ininteligible manera de hablar en la que predominaba esa articulación de sonido: sapi, sapi... Ahhh, ¡y ni una sola palabra en español!
Nadie sabe cuándo, cómo ni en qué circunstancias llegó a la ciudad aquel individuo de carácter hosco, rasgos duros y corpulenta anatomía. Mucho menos se conoce cuál era su verdadero nombre o si tenía o no familia en la comarca. Lo cierto es que Sapi- Sapi recorrió las calles tuneras vestido con sus andrajos y viviendo de la caridad pública durante varios años. No pocos tuneros lo recuerdan en semejante situación.
Un día desapareció de la ciudad sin dejar rastro. Eso dio motivos para que la gente hiciera mil conjeturas diferentes. Se difundió una versión que alcanzó gran popularidad y llegó a nuestros días: asegura que Sapi-Sapi era, en realidad, un prófugo alemán sobre quien pesaban graves delitos cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era oficial del ejército nazi, y que había sido identificado por militares soviéticos destacados aquí en la Crisis de Octubre de 1962, llamada también Crisis de los Misiles por la historiografía occidental.
La citada versión agrega que los uniformados soviéticos le echaron el guante para solicitarle a Cuba su inmediata extradición y entregarlo luego a la justicia de su país para que lo juzgara por crímenes de guerra. A pesar de correr como reguero de pólvora, la historia de su supuesto arresto y posterior deportación nunca fue negada ni confirmada. Lo único tangible es que Sapi-Sapi se esfumó del pueblo por cuya geografía deambuló durante quién sabe cuánto tiempo.
¿Tenía en realidad Sapi-Sapi las facultades mentales perturbadas? ¿O solo se trataba de un consumado simulador evadido de la justicia de su país? ¿Lo entregaron finalmente sus captores a los tribunales militares o lo dejaron en libertad? ¿Pudieron haberse equivocado los oficiales soviéticos que aseguraron reconocerlo? ¿O acaso la curiosa historia no pasó de ser una pincelada más en nuestro imaginario tan inclinado a las fantasías? Son preguntas que numerosos tuneros se formulan todavía. Desafortunadamente, para ninguna existe respuesta.
Nadie sabe cuándo, cómo ni en qué circunstancias llegó a la ciudad aquel individuo de carácter hosco, rasgos duros y corpulenta anatomía. Mucho menos se conoce cuál era su verdadero nombre o si tenía o no familia en la comarca. Lo cierto es que Sapi- Sapi recorrió las calles tuneras vestido con sus andrajos y viviendo de la caridad pública durante varios años. No pocos tuneros lo recuerdan en semejante situación.
Un día desapareció de la ciudad sin dejar rastro. Eso dio motivos para que la gente hiciera mil conjeturas diferentes. Se difundió una versión que alcanzó gran popularidad y llegó a nuestros días: asegura que Sapi-Sapi era, en realidad, un prófugo alemán sobre quien pesaban graves delitos cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era oficial del ejército nazi, y que había sido identificado por militares soviéticos destacados aquí en la Crisis de Octubre de 1962, llamada también Crisis de los Misiles por la historiografía occidental.
La citada versión agrega que los uniformados soviéticos le echaron el guante para solicitarle a Cuba su inmediata extradición y entregarlo luego a la justicia de su país para que lo juzgara por crímenes de guerra. A pesar de correr como reguero de pólvora, la historia de su supuesto arresto y posterior deportación nunca fue negada ni confirmada. Lo único tangible es que Sapi-Sapi se esfumó del pueblo por cuya geografía deambuló durante quién sabe cuánto tiempo.
¿Tenía en realidad Sapi-Sapi las facultades mentales perturbadas? ¿O solo se trataba de un consumado simulador evadido de la justicia de su país? ¿Lo entregaron finalmente sus captores a los tribunales militares o lo dejaron en libertad? ¿Pudieron haberse equivocado los oficiales soviéticos que aseguraron reconocerlo? ¿O acaso la curiosa historia no pasó de ser una pincelada más en nuestro imaginario tan inclinado a las fantasías? Son preguntas que numerosos tuneros se formulan todavía. Desafortunadamente, para ninguna existe respuesta.










